

Esta casa no nació como restaurante.
Nació como hogar.
En el año del Señor de 1792, cuando aún se sembraban y cosechaban las tierras más fértiles de Metepec, concluyó la construcción de esta casa. PertenecÃa entonces al convento franciscano y servÃa a la huerta, al trabajo y a la vida cotidiana. Desde entonces, estos muros han sido testigos del tiempo, de la labor silenciosa, del alimento compartido y de las historias que, generación tras generación, decidieron quedarse.
Dicen quienes conocen las leyendas de este terruño que un pasadizo secreto une la Iglesia de San Juan Bautista con algún punto de la casa. Cuentan también que aquà encontraron refugio personajes perseguidos, clérigos ocultos, y hasta los célebres Plateados que Luis G. Inclán inmortalizó en Astucia. Más tarde, cuando la casa formó parte de la familia Santa Anna, fue el arquetipo de una vivienda de labor: trojes, establos, cremerÃa, pailerÃa, zacateras y aperos de labranza marcaban el ritmo de los dÃas. Aquà se trabajaba la tierra, se cuidaba el ganado y se compartÃa el pan.

Hoy, más de dos siglos después, la casa vuelve a cumplir su destino original: recibir.
Casa de la Troje es una casa antigua con cocina viva. Un lugar donde la historia no se exhibe, se siente. Donde el pasado no es nostalgia, sino raÃz. AquÃ, la cocina mexicana contemporánea dialoga con el tiempo, interpreta la tradición y la lleva al presente con respeto, sensibilidad y honestidad.
Creemos que comer es un acto de memoria. Que la cocina mexicana es un lenguaje vivo hecho de fuego, maÃz, moles, caldos y silencios. Que una buena mesa no solo alimenta el cuerpo, sino también la conversación, la intimidad y el recuerdo.
Por eso, la experiencia no comienza en la mesa, sino en el umbral. Se entra despacio. Se baja la voz. Se afina el oÃdo. Porque esta casa no se visita: se habita.